viernes, 14 de agosto de 2009

Entre la espuma, sal en mi lengua, gota en mi cuello (i)

Estoy dondequiera a la hora del desastre
porque contigo estoy, porque sin ti no estuviera.
Nada más a ti te amo, n estoy para los demás, en nadie estoy si no estoy
en ti,
raíz de miedo, agua derramada.
Yo soy el hilo de agua que ata las esquinas, los rincones,
las puertas de los que babeantes han descubierto entre cuerpo y cuerpo
pústulas enfebrecidas,
lagos sangrientos y han descubierto que atropellados estamos, hermana,
muertos.
Pero a pesar de todo, contra ti, contra mí, a la semilla que eres fecundado
regreso.
A ti que eres, que estás cavando, que me levantas de la ceniza.
Alejarme de ti es recorrer y caer y regresar
con la garganta ahogada en el olor de amorosa gente dormida.
Con el olor de abrazos insaciables, feroces, tenaces.
Irme de ti, sin ti, es romper el hilo que me ata, títere de la muerte.
Irme de ti, estar frente a ti que juegas a abandonarme, es ir siempre hacia
atrás,
quitándome las manos, saludando, corcoveando en el polvo de los precipicios.
Amor que me levantas, que te esfuerzas por destrozarme,
río que si ahogas leche que derramas, mancha que no limpias,
alfiler que no alojas.
En el cuarto de los solteros te necesito,
te necesito en el calor de los cuerpos que levantas.
Entre la espuma, sal en mi lengua, , , , , gota en mi cuello, te busco, grasa
de mis ojivas.
He salido de tus manos y a tus manos voy, pues tú me diste la luz
y la oscuridad y la ceguera.
En el silencio de la mirada, rozándote apenas,
en ti fundado mi hogar y supiste cómo crecimos, cómo fuimos niños hasta
envejecer.
Y sin darnos cuenta hemos nacido para no saber, para encontrarnos,
para ignorar la amenaza de la muerte que lenta nos acechaba.
Y crecimos, ante mí creciste, amor, mi amor: desnúdaste mis reglas,
apagaste mis hogueras,
y solo me abandonaste cuando erigía inútiles paredes y trampas sin razón.

JAIME REYES

Jaime Reyes (1947-1999). Poeta mexicano.

Una de las voces más singulares dentro de la poesía mexicana contemporánea es, sin ninguna duda, la de Jaime Reyes. Sin embargo,, , , , pese a estar publicada su obra en editoriales de circulación y de prestigio nacional, su producción es poco frecuentada por la crítica. Su importancia, tanto en propuesta como en repercusión, ha sido desatendida. Mi propósito es revisitar la obra de este poeta (Isla de raíz amarga, insomne raíz, Al vuelo el espejo de un río, La oración del ogro y Un día un río) fijando mi atención en los poderes expresivos del lenguaje del que hace gala. Intención estética, la suya, que se remonta a la lírica barroca de los Siglos de Oro.

Jaime Reyes, a juicio de Carlos Monsiváis, hace suya la tradición a manera de innovación. Característica ésta de la lírica iberoamericana. Baste recordar las vanguardias de principios de siglo o lo que se ha venido en llamar poesía neobarroca que cierra el XX e inaugura la recién iniciada centuria.

Horas

11:30 P.M.

Durísima la luna. Igual que tú, tan lejos.
Suéñame, te digo, como te sueño aquí,
hasta que los dos sueños se conviertan en fuego,
hasta que mi aliento sea el tuyo,
hasta que respiremos cada uno
por la boca del otro. La luna
asoma, llena y sorda. No estás
al otro lado del teléfono y sólo
por un hilo de sueño podré hablarte.

Paz y fuerza me habitan. Entro
con pies descalzos en el lecho.
Estás hecha de espumas, estás
hecha de nubes, estás hecha de luz.

Compartamos los sueños.


10:30 A.M.

Moles de nieve, quietas, perturbadas
apenas por la luz. Nada conmueve
al resplandor, arriba. El cielo está
desnudo. El vértigo está aquí,
adentro, en la conciencia.
La nube derretida es piedra densa.
Más en calma este mar de vapores
que las nieves deshechas en la cumbre.
Allá la roca dura, el hielo, la nostalgia.
Un techo largo aquí, de plomo,
lagunas sólidas de plomo.

Yo viajo lentamente, encima de un gran
mar, blanco y sin sangre. El mundo
tiembla, abajo. Un segundo después,
la vida será otra. Nada más frágil
que este valle de nubes, arriba
del Atlántico. La rotación insomne
de la Tierra, el calor implacable,
el viento cruel, el simple y lento
tránsito del tiempo, la más ligera
sombra, destruirán el paisaje.
Nadie podrá volver hasta este
sitio. Baja el avión y el valle
no se altera. Atrás, horas atrás,
queda el desierto techo sin fronteras.

Pongo mi pie en la tierra, entro
en la sombra. El tiempo se estremece.


8:30 P.M.

Sé que voy a morir. Lo sé de cierto.
He vivido como si la muerte fuera
un recuerdo lejano. Pero tú has hecho
que la luz se prolongue en la alcoba.
¿Esa piel que tocaba en el sueño
era la tuya? Era en verdad la piel
amada de tu cuerpo entero.
Has hecho que renazca.

La luz, el cielo, el mundo
eran tiniebla. Pero viniste tú,
como nacida desde una piedra de fuego.
Llegaste como un pájaro súbito,
como un rayo de espumas. , , , , Semejabas
un espejo de soles, un mar de luz
que me envolvía. Amanecí. El sueño
era desnudo campo compartido.
Soñaba que te ahogaba
con mi aliento de hombre.
Iguales ambos sueños, te soñaba
como si mi cerebro anidara en tu cráneo,
como si el territorio de los sueños
fuera el débil territorio de una sangre común.

Tú te abrías como el mar,
para tragarme. Como la nube blanca,
envolviéndome, como la tierra negra.
El sueño era verdad. Entrábamos en él,
como por un espejo. Salíamos desde él,
como a través de una puerta de viento.
Mis ojos eran tuyos. Tus ojos me miraban
en la penumbra blanca de la alcoba.
Despertar o dormir era lo mismo.
Vivíamos vidas iguales, a un lado
y otro de la muerte, el amor era el mismo,
de un lado y otro de la vida.

Te besé hasta la dicha, te mordí
hasta la muerte. Granada
fue tu boca,
tamarindo
tus labios.

Compartimos el sueño.

Viajes en avión

Qué alegría decidir qué beber,
cómo morir, por qué, y en dónde.
Quisiera morir, así,
bajo un gran árbol.
Desearía ser quemado;
que mis cenizas irritaran,
polvo, los ojos de la que amo;
que fueran sólo la mancha
en un libro pasados los años.
Podría morir aquí, sin duda.
No todo sitio es bueno.
Bajo un cielo que triture
sus escamas o junto a un mar
agresivo de rocas, sí;
también al pie del monte de arces,
camino a las montañas. Pero
jamás la cama de hospital;
nunca la aurora perdida
del quirófano.

Cuando de mí no quede nada,
ni siquiera estos ojos
comidos por los peces,
ni siquiera los peces
hechos polvo en las rocas
por este mar de violenta dulzura
que deja caer su golpe de martillo
sobre el destruido yunque de la playa;
cuando no quede ni la arena
que hoy golpea el aire de tus piernas;
cuando, como antes, vuelvan
a ser lo mismo la carne de ese buitre
y los dientes de Europa; cuando
la garganta del sapo y los senos
de Helena una vez más combatan
cuerpo a cuerpo produciendo
vanadio o una lágrima de oxígeno
unida a un coágulo de sangre inexistente;
cuando la astilla de este árbol
deje de ser una pequeña catedral
de clorofila; cuando no quede
ni el viento que oprime
una ciudad de lava; cuando de mí,
cuando de ti (ay, carne ahora suave,
ahora cabello, plácida mazorca),
cuando de todos; cuando del sol
y de la tierra nada, pero todo,
quede; cuando ya nada,
y el simún musical de roca viva
se detenga; entonces, cuando no haya
más que el silencio, el brutal
y tenebroso ruido de los mares
oceánicos y planetas que chocan
contra estrellas y meteoritos
que se entierran como utensilios
gastados en la tumba de un hombre;
cuando queden tan sólo galaxias
dispersas expandiéndose y del silencio
salga un crujido de huesos,
entonces los siglos, como ahora,
aplastarán la cabeza del insecto,
destruirán la lengua del poeta,
sí, alegría, alegría.

Entonces, algunos seres en algo
semejantes a nosotros,
tendidos en el regazo de la que amen,
resueltos en carne,
contemplarán nuestras, , , , antiguas tumbas...

Pienso todo esto frente al mar de Cuba,
mientras paseo, solo, por el Malecón.
Un barco avanza
hacia la isla amenazantes luces.

Éste es un sitio claro,
preferido entre todos,
donde el Almendares,
turbio de lluvia y lodazales,
encaja su espada de agua al mar,
hasta la empuñadura.

Luz detenida

Hoy baila mi mujer y taja
sonrientes cicatrices en su cielo.
Hoy ella baila, colibrí ante la flor,
espejo frente a , , , , espejos enemigo.
Y la flor se habita de las plumas
y el pájaro seis pétalos se vuelve.

Soy un puño de tierra echado al viento.
Hoy baila mi mujer
y desaloja la discordia,
el núcleo donde la muerte juega,
y la nostalgia.

Hoy baila mi mujer, mi amante:
luz detenida en el aire.

Rescoldo

Se va hacia atrás el horizonte.
La estrella Sirio vuelve hasta su origen
(¿cuál, oh dioses, a dónde va
con esa prisa oscura?).
Otros planetas surcan, en órbitas,
mi sangre. El agua ya es tiniebla,
el árbol se comprime.
¿Por qué la estrella y la conciencia?
¿Por qué la tempestad, inhóspito,
el desierto? El sol de cobre derretido
y llaga. El polvo, el óxido, la lengua.

Todo viene hasta aquí. Lo mismo
un perro que una hormiga,
hasta el centro, en mi vértebra
impar, en mi jardín izquierdo, aquí,
junto a mi mano torpe. Como si el pelo,
la pupila, los tejidos, la sangre polvo
y la ceniza ronca. Toca el tiempo
con dedos húmedos la lenta y larga,
tranquila voz de las castañas.

Se desnuda un sonido cadáver.
Todo viene hasta aquí,
lento y furioso.
La amada que lastima
y la ciudad herrumbre, el tiempo,
plazas, árboles, siniestros.
Un rostro azúcar tal vez en la ventana.
Los tristes, los zapatos. Lo mismo
el odio que el metal y el cuero.
La ciudad, insisto, que se estira,
el tiempo, el rostro ayer y la agonía,
el ojo hundido, ciego, en la borrasca.
Llega la pobre lavandera, cruje
ya el cielo lastimado , , , , de humo.

Un cuervo azul sobre el azul desliza
su vuelo duro contra el bosque ausente.
Pastan caballos en el bosque magro.
El ala luz de la paloma leve
silba un látigo dulce
y aroma el aire el vuelo. Viene
un ladrido horror contra la luna.
Viene el lucero Venus, Aldebarán,
la Cruz del Sur, en grave, callada
gracia giran, crecen en un relámpago
de acero. Igual que este dolor
en el costado. Igual como estridula
el grillo. Lo mismo que un disparo
o una tortuga gris con ojos miopes.
Igual que un árbol diminuto,
torturado. Lo mismo que el cartílago
del pollo, que la sangrante voz del bajo.

Todo viene hasta aquí y dulce,
torpemente, canta. Igual que el más pequeño
de mis vasos, tan necesario el astro
como el ave. Vienen aquí.
Quema el sonido de la luna fría.

Poema en tiempo de guerra (fragmento)

No me duele morir. Tengo hambre
de tiempo, costra de las cosas,
de destrucción, de lucha; somos
la imagen del derrumbe, una
montaña contraída de ácidos;
bebemos agua serenada y un diamante
es el cimiento sobre el cual
construimos edificios de espuma.
Apenas se puede avanzar porque
las piernas pesan como plomo,
pero avanzamos, más allá de nosotros,
hacia niños que existen,
hacia soles que saltan por encima
de nuestras cabezas, hacia
ese cometa grávido de sangre.
Éramos un ejército
que había cobrado cuerpo
de metralla; cada palabra
era un disparo; cada
hueso, un fusil. Encontramos
los rastros de la hormiga,
comemos polvo y yodo. Somos
árboles desgajados del bosque.
Buscamos una fuente y,
más allá, los ojos del hermano;
y después un combate... Siempre
el combate,
los pies sangrantes,
que huellan campos de amapola
o cristales. La bomba que arrojé
hizo de ese hombre una derruida
estructura de navajas, polvo
vertical que camina hacia adentro
de su mirada enceguecida, y se desploma.
Parecemos un puñado de espectros,
pero somos invencibles. Alguien
cae. Los demás avanzamos; alguien
se inclina, ¿yo?, sobre su propio
esqueleto demolido.
No dejo a mis hijos y mi mujer nada,
nada, más que mi muerte
y la manera de asumir amor y guerra.
Violencia contra violencia,
duro latido. La marea que se estrella
contra un dique. Y otra marea.
Y otro dique. Pienso en mis hombres
que no serán derrotados. Pienso
en Cuba, con una decisión inquebrantable,
mientras sonrío. Me acuerdo, , , ,
de mis hijos, del tren blindado,
de mis padres, mis amigos.
Ustedes, los que viven,
acuérdense de vez en cuando de este
pequeño condotiero del siglo 20,
aunque no tenga tumba,
aunque dispersen mis cenizas
y me corten las manos. Aunque
cercenen mi lengua, seguiré
hablando. Un ojo de acero
se acerca a espiar mi corazón.